Milagros

 

 

 

 

 

 

 

 

En esta parte se relatan literalmente los milagros realizados post mortem por el santo incluidos los dos milagros de la traslación de su cuerpo desde el cementerio hasta el interior de la parroquia de San Andrés. Se trata de 55 milagros de los que los correspondientes a la primera parte del códice son más extensos.

Sus Milagros

Sus portentosos milagros, más de cuatrocientos, se contemplan en su Proceso de Canonización.

Sobre la figura del santo se han vestido muchas narraciones populares. La más conocida de ellas es la que nos presenta a un hombre muy piadoso que muy a menudo tenía que soportar las burlas de sus vecinos porque cada día iba a la iglesia antes de salir a labrar el campo. A veces, Isidro llegaba algunos minutos tarde al trabajo y sus compañeros lo denunciaron al patrón por holgazán. Juan de Vargas, que así se llamaba el propietario de la finca, lo quiso comprobar por si mismo, y un buen día se escondió tras unos matorrales situados a medio camino entre la iglesia y el campo. Al salir del templo le recriminó su actitud. Cuando llegaron al campo, su patrón vio por sorpresa que los bueyes estaban arando ellos solos la parte que le correspondía al buen Isidro. El patrón entendió aquél hecho como un prodigio del cielo.
También es conocida "La olla de San Isidro". Se cuenta que cada año nuestro amigo organizaba una gran comida popular donde eran invitados los más pobres y marginados de Madrid. Sin embargo, en una ocasión el número de presentes superó lo previsto y la comida que habían preparado, no llegaba ni a la mitad de los convocados. Isidro metió el puchero en la olla y la comida se multiplicó "milagrosamente", hubo para todos y más.
Así mismo, hay un relato que nos dice que en un año de sequía y temiendo por la rentabilidad de la hacienda de su patrón, Isidro con un golpe de su arada hizo salir un chorro de agua del campo. Salió tanta agua de allí que pudo abastecer toda la ciudad de Madrid.
En estas dos narraciones hay una homología en dos textos de la Biblia.

• La primera es una analogía del milagro de los panes y los peces de Jesús
• La segunda de Moisés, que en el éxodo de Egipto hacia la Tierra prometida, golpeó una piedra con su bastón y salió de ella agua para saciar la sed de su pueblo.

Durante toda su vida de labrador tuvo un gran aprecio con los animales. En ningún momento maltrató a los bueyes y a los otros animales, con los que trabajaba en la hacienda. Existe una leyenda que explica que un día de invierno y mientras se dirigía al molino con un saco de grano sintió compasión de los pájaros que en la nieve ya no encontraban alimento y que estaban a punto de morir. Isidro limpió un pedazo de tierra apartando la nieve y vació allí la mitad del saco. Al llegar al molino resultó que el saco estaba tan lleno de grano como antes.

¿Por qué San Isidro?

El aprecio a San Isidro es notable para todas aquellas personas que trabajan en el campo, por lo tanto es el patrón de los campesinos y de los viticultores, así como de los ingenieros agrónomos. Como ya se ha comentado anteriormente es el patrón de la ciudad de Madrid desde el 14 de abril de 1619, día en que el Papa Pablo V firmó el decreto de su beatificación. Su protección a los campesinos y labradores españoles así como de todos los agricultores católicos del mundo fue declarada por el Papa Juan XXIII. Se le puede invocar para que llueva y tener una buena cosecha. Una de las ermitas más populares es una que hay en Madrid, en el paseo Quince de Mayo en el barrio de Carabanchel, donde cada año en el día de su fiesta se bendice el agua de la fuente del agua, la misma que el santo hizo manar en tiempos de sequía.

Aparte de su función devocional los milagros tienen un indudable valor histórico por la multitud de personajes y situaciones que aparecen, así como por ir algunos de ellos fechados con referencias a un reinado concreto, básicamente los de Fernando 111 y Alfonso X. Hacemos una clasificación de los milagros por temas:

 

1            Milagros de la traslación del cuerpo: dos

2            Milagros de rogativas para pedir la lluvia: seis

3            Milagros relacionados con la vista: veintiuno

4            Milagros relacionados con la parálisis: cinco

5            Milagros relacionados con fiebres cuartanas: tres

6            Milagros relacionados con la fertilidad: dos

7            Milagros relacionados con la garganta: uno

8            Milagros relacionados con muelas y dientes: uno

9            Milagros varios, de diversa índole y naturaleza: catorce

10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18....varios

 

 

1. Por compasión divina, aconteció una vez que a un compadre suyo, que vivía junto a la antedicha Iglesia, se le apareció Isidro una noche aconsejándole que comunicase a los feligreses de aquella iglesia que, por orden del Señor, su cuerpo debía ser exhumado de la susodicha tumba y colocado con honor en la iglesia del citado San Andrés Apóstol. Sin embargo, aquel compadre suyo, acordándose de los tiempos en que vivió humildemente y poniendo en duda su buena fe, no quiso comunicar el encargo de la aparición. Por esta razón cayó enfermo hasta el día del traslado del cuerpo de Isidro.

Por disposición de Dios, por segunda vez, se apareció de noche a una mujer casada de buena fe y le aconsejó, como queda dicho, que su cuerpo debía ser traslado por el pueblo a la mencionada Iglesia. Advertencia que la referida mujer de buena fe comunicó al pueblo, y puesto que algunos habían conocido la honrada y justa vida de Isidro, o bien habían oído hablar de ella, todos a una excavaron con prontitud en su tumba. Y, encontrando su cuerpo intacto y sin daño, y su mortaja, en buen estado y entera, desprendiendo un suave olor de incienso, con gran regocijo y alabanzas dieron muchísimas gracias a Dios Magnífico Señor "que Él solo obra grandes prodigios", por haberse dignado revelar a su humilde y fiel siervo, y colocar la reliquia de su elegido en compañía de sus elegidos, los Príncipes de la Iglesia. Y así, tanto los caballeros devotos como todos los demás, con alegría general, colocaron, con el debido honor, el cuerpo del bienaventurado varón en la

 Iglesia del referido Apóstol, "al lado de los altares de los Santos Apóstoles en una nueva tumba'.  

2. Obrando el Señor a través de Isidro, muchos milagros, que por culpa de la incuria no han sido recogidos por escrito, se manifestaron en muchas personas en diversas épocas y maneras. De ellos, los que en nuestro tiempo he podido hallar fidedignos, según la norma exigida, me he esforzado en relatarlos a continuación.

3. En verdad que no está bien pasar por alto lo que la divina Majestad quiso que ocurriera milagrosamente. En efecto, en la exhumación del sagrado cuerpo para trasladarlo a la iglesia de San Andrés, el Señor se dignó manifestar el siguiente prodigio: todas las campanas de aquella iglesia, volteadas por sí mismas sin que nadie las manejase y sin la ayuda de ningún artilugio, repicaron a la vez, hasta que el cuerpo quedó depositado en el sepulcro, como si hubiesen

sido movidas por las manos de los hombres. Tanto los contemporáneos como los de las generaciones Si vieron en esto un milagro divino y otorgaron a Isidro el título

de Santo, con absoluta convicción, sin la autoridad eclesiástica. Y así, tanto por los hombres como por las mujeres, se le llamó universalmente San Isidro, cumpliéndose el pasaje de la Sagrada Escritura que, en medio de alabanza, se lee públicamente .

diga en el camino real y que tenían su puesto cerca de la Villa, cuando oyeron la noticia de un prodigio tan grande, con fe ciega y alegres, se congregaron junto a la fosa donde Isidro había estado enterrado y, recogiendo con fe tierra y restregándola por sus miembros contrahechos, recibieron el don de la curación, queriendo así la Misericordia Divina poner de manifiesto la santidad de su siervo.

4. En el año 1232, bajo el reinado del Rey Don Fernando, como por la escasez de lluvias la perniciosa sequía pusiese en peligro la cosecha del mes de mayo, por común acuerdo, tanto el clero como el pueblo saca ron el cuerpo de Isidro de su sepulcro y lo expusieron honoríficamente en un pedestal delante del altar de San Andrés Apóstol. Y entonces la clemencia de la Bondad Divina derramó lluvia sobre los campos. Cuando iban a colocar de nuevo al Santo en su sepulcro, muchos clérigos rodearon el pedestal contemplando su cuerpo. Uno de ellos, sacerdote honesto, porcionero de la Iglesia de Santa María, al que llamaban Pedro García, cortó cabellos de la cabeza del Santo para guardarlos con las reliquias en la Iglesia de Santa María. Y así, acabado el oficio divino y devuelto ya el cuerpo del Santo a su sepulcro, puesto que era día de ayuno, es decir, el viernes, y la hora establecida para comer había pasado, el susodicho clérigo volvió a su casa llevando consigo los cabellos y los colocó en la ventana con la intención de llevarlos a la iglesia después de cenar o al día siguiente. Como su virtuosa tía materna, en cuya casa vivía, le apremiara a sentarse a la mesa, mientras se lavaba las manos, de repente le dio un trastorno cardíaco, un estado de ansiedad y una conmoción cerebral. Sin embargo, como era una persona culta y penetrante, reflexionó en su fuero interno, sorprendiéndose del motivo que había provocado tan repentino accidente, e, iluminado por el cielo, comprendió que le había sucedido tal percance por haber retenido las reliquias en su casa y no haber querido llevarlas a la iglesia en ayunas en el momento oportuno.

De esta forma, recriminándose a sí mismo, con las manos ya lavadas y secas, se levantó deprisa y, cogiendo los cabellos con unción y temor, los llevó a la iglesia de la Santa Virgen y los colocó sobre el altar en una arqueta muy hermosa para que se guardasen con el debido respecto. Hecho esto, el susodicho clérigo, lleno de vida y completamente aliviado, de regreso a su casa y contento por el prodigio ocurrido, cenó tranquilamente con su familia.

Yo Juan, un humilde diácono, y muchos otros, tal como lo oímos de su boca, lo hemos contado de forma sencilla en la presente cédula.

5. Y después de haber permanecido durante mucho tiempo en el citado sepulcro el cuerpo del muy bienaventurado Isidro, acaeció esto. Desde el primero de mayo hasta la festividad de San Gregorio, Dios, que es Proveedor Universal de todas las criaturas, se negó a derramar la lluvia imprescindible para la tierra, bien por su propia disposición o por merecerlo el peso de nuestros pecados; hasta tal punto que muchos campesinos no se atrevieron a sembrar trigo en los campos. Pero los lugareños, según su costumbre, con el fin de implorar al Señor por la cosecha de la estación y por un tiempo propicio, fueron muy preocupados a la iglesia de San Andrés durante un mes entero sin interrupción, para honrar al muy bienaventurado Isidro y al Apóstol San Andrés. También los campesinos y los aldeanos de otros lugares, que temían la escasez futura, visitaban sin cesar muchos lugares santos, dando limosna a los pobres de lo que Dios les había proporcionado. Así, después de haber llegado por las mismas fechas a la Iglesia de San Andrés, donde descansa y es venerado el cuerpo del Santo, un fraile de la Orden de los Franciscanos, al que hay que otorgarle total credibilidad, mientras dormía de noche en su camastro vio por intercesión divina a Isidro, el siervo de Dios, que le hablaba claramente: "Queridísimos, no dejéis todos de rogar a Dios, que da alimento a todo viviente y que nos creó, y no nosotros mismos, pues por su inefable misericordia os dará la lluvia necesaria". Esta aparición, tal y como la había visto el fraile, fue ampliamente divulgada, y aunque el cumplimiento de la visión no fue inmediato, sin embargo, al cabo de quince días el Señor se dignó derramar copiosa lluvia que Él tenía reservada, de acuerdo con la predicción de San Isidro al fraile franciscano. Creyendo todos que esto había ocurrido por

intercesión de San Isidro, en el año 1252 devolvieron con unción su cuerpo al sepulcro de donde lo habían sacado.

6. También por designio de la Divina Providencia, a cansa de la maldad de los hombres, en una primavera la cosecha peligraba por falta de lluvia y apremio de la sequía. Por ello, tanto el clero como el pueblo estuvieron de acuerdo con la decisión de sacar del sepulcro a San Isidro y colocarlo solemnemente en un pedestal delante del altar de San Andrés Apóstol, de cara al crucifijo, e insistían con vigilias, cánticos, rezos y con cuidado de tener las velas encendidas para que el Señor se dignase, por sus inmerecimientos y rezos, derramar lluvia sobre el campo y, librándoles del peligro, remediar sus necesidades. Y esto fue cumplidamente alcanzado por la Misericordia Divina y los merecimientos de San Isidro, por lo que después hicieron muchas veces lo mismo en situación semejante, y 11 su esperanza no se vio defraudada ".

 7. Durante el reinado del Rey Don Fernando, cuyo cuerpo descansa en Sevilla, un servidor de su Corte llegó a Madrid invierno, en el mes de diciembre, con la clara resolución de cobrar el impuesto regularmente llamado martiniega, y, por hablar con más precisión del tema, se hospedó en las afueras al lado de la iglesia deSan Martín, en la posada de Pedro Carrantón. Y como, después del anochecer y tras lacena, cuando estaba sentado al fuego encompañía de otros huéspedes, tuviese noticia de la bondad y de los milagros de esteSanto, se enfadó mucho y pronunció despectivamente estas palabras: "Yo estaría bien dispuesto a creer que, quien fuese hijo de un principio 1 . pe o de un noble, bien pudiera llegar a ser verdadero santo; pero no creo de ninguna manera que llegue a santo un jornalero, o un campesino'. A continuación, pues así lo requería lo avanzado de la noche, todos se acostaron en sus respectivas camas, pero pasada la media noche, mientras los demás descansaban plácidamente, él ni podía descansar ni pegar ojo. Y al verse desbordado por las circunstancias y desasosegado, angustiado y atormentado, reconoció arrepentido que el se había equivocado al injuriar al Santo. Por lo que, atribulado y contrito, no dejó después de gritar, despertando así a los huéspedes y sirvientes con estas insistentes palabras: "Queridísimos huéspedes y criados, os ruego que os levantéis y me socorráis en mi angustiosa aflicción, pues desde que me acosté, he permanecido toda la noche en vela, con mi alma intranquila y con mi cuerpo sin sosiego. Pues estoy seguro de que este trastorno no tiene otro origen que las necias palabras que pronuncié contra el Santo siervo de Dios. Por ello, os ruego a todos vosotros, como amigos, que con luminarias encendidas, bajo la guía de nuestro honrado anfitrión, me conduzcáis hasta el sepulcro del Santo ".

Al oír esto todos los presentes, afligidos y compadecidos de su angustia, al amanecer encendieron velas y juntos lo condujeron con gran devoción al sepulcro del Santo. Allí, como era natural, entre lloros y palabras de dolor y de repulsa por su necedad, sintió que había obtenido el perdón del Santo y el bienestar corporal. Luego de oír misa y dar ofrendas, volvió reconfortado a su casa, prometiendo en adelante pregonar por doquier que San Isidro era verdaderamente siervo de Dios.

8. Tampoco debe pasar por alto el milagro obrado en una noche de vigilia por la Divina Misericordia para ensalzar la dignidad del Santo. En efecto, como es habitual en la vela del santo cuerpo, mientas unos perseveraban en la oración y otros en descansar, un ciego llamado Benito, a media noche, cuando rezaba cerca del lecho del Santo varón, iluminado por la misericordia de la gracia divina, de repente gritó con todas sus fuerzas: "¡Todos vosotros que estáis aquí, levantaos y ved cuántos milagros ha obrado el Señor en mí por la intercesión de este su Santo! Yo, que había sido ciego, ahora, lleno de júbilo, veo; glorifico y bendigo eternamente la mediación de este Santo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo a quien él sirvió fielmente ".

9. También digno de contarse otro milagroso suceso. En la sequía más grave del tiempo de peste, tanto fieles como infieles perseveraban en la oración para pedir lluvias, y como las manos del Señor retrasasen la llegada de las lluvias, un moro llama do Garcés en aquella ocasión formuló un voto delante de algunos otros moros y muchos cristianos: "Yo prometo a Dios y a la fe cristiana que, si en esta situación de sequía en la que los cristianos han sacado de su sepulcro a San Isidro para conseguir lluvia, el señor se digna concederla, no tardaré en hacerme cristiano. Y si ni llego a cumplirlo antes de ocho días, que izo me escape de una mala muerte". Mas, después de que Dios se hubiese dignado, por los merecimientos de su Santo, derramar lluvia en abundancia y de que el cuerpo de Isidro hubiese sido metido en el sepulcro, el tal Garcés, hombre miserable, desdeñó cumplirse voto, y antes de que terminasen los ocho días, dirigiendo una noche sus pasos al río, pereció de mala muerte apuñalado por unos matamoros.

10. En el reinado del Rey Don Fernando, de grato recuerdo, a un joven de las afueras de Madrid llamado Domingo Pérez cuando volvía del somonte a su casa con sus compañeros, de repente le sobrevino en el camino una parálisis momentánea de sus miembros, hasta el punto de que no podía moverse en absoluto. Cuando los compañeros avisaron a su familia, sus padres lo llevaron a casa a lomos de una bestia. Y al percatarse sus padres de que no le surtían efecto los emplastos, ungüentos, abluciones y otros remedios aplicados durante largo tiempo, prometieron llevarlo al sepulcro del Santo con el fin de que allí la divina clemencia decidiese sobre su curación o su muerte. La noche siguiente, el Santo siervo de Dios se le apareció en sueños al joven y le dijo esta palabras: "Domingo, hijo, yo Isidro, uno más entre los servidores de Dios, te aconsejo que te frotes con este bálsamo y ten por cierto que recobrarás la salud". El joven, por la mañana, comunicó a sus padres esa revelación y ellos, considerándola como una predicción divina, al instante reconfortaron su cuerpo con el bálsamo indicado por el Santo. Y de forma prodigiosa, tras la primera y única aplicación, el joven recobró eternamente la salud en todo su cuerpo. Al ver el milagro obrado en su hijo por la divina clemencia, llenos de alegría, con luminarias y las ofrendas que pudieron, fueron a visitar el sepulcro donde, ofreciendo al Rey de Reyes los presentes prometidos, dieron copiosísimas gracias por tener un siervo como Isidro, quien, aunque está en el cielo ya seguro de su recompensa, no deja de aliviar en la tierra el sufrimiento de los que padecen por las enfermedades.

l En el mes de julio de 1265, bajo el reinado Don Alfonso, tuvo a bien el Señor obrar otro milagro semejante en un niño, valiéndose del bendito Isidro. Un matrimonio tenía un hijo pequeño, cuyos ojos padecían una infección tan grande que estaban rojos como el fuego, El niño, de casi cuatro años, no podía ver a causa de la enfermedad, s, por eso los que lo veían aseguraban que era completamente ciego. Sus padres, aconsejados por hombres de bien, hicieron promesa de llevarlo al sepulcro del bienaventurado Isidro durante nueve vigilias nocturnas seguidas, con la esperanza de que Dios se compadeciera de su hijo, como ya lo había hecho con otros aquejados por diversas enfermedades, por intercesión de San Isidro, Así, pues, la madre lo llevó un día en cumplimiento de la promesa ante el sepulcro donde estaba el venerable cuerpo. Y allí, mientras ella rezaba, un clérigo tocó el rostro del niño con el sudario en el que había estado en la sepultura el cuerpo del Santo, \, el niño, gracias a la misericordia divina, empezó a dar voces diciendo que veía. Y su madre , llena de alegría, le preguntó: ",Quién te curó, hijo mío?" El niño respondió: "San Isidro". Y desde aquel momento sano, de manera que volvió a su casa por su propio pie sin que nadie lo guiara, aunque poco antes no había podido venir a la iglesia sin una guía. Este milagro se dignó el Señor hacerlo por mediación de su siervo y mostrarlo de forma bien patente ante todos los presentes.

12. En el extrarradio de Madrid, una virtuosa mujer llamada Ovenia, enferma de los ojos, guiada por su criadita llegó al sepulcro del Santo con gran devoción y le rogó que, por compasión, le socorriera en la enfermedad de los ojos. Y su petición la hizo con tanta devoción y fe que, acabada la oración, sintió que sus ojos recobraban plenamente la visión. Y así, ella, que había venido con guía, sana y salva, sin ningún lazarillo regresó a su casa muy contenta. Pasado un tiempo, Juan, su marido, cayó gravemente enfermo, aquejado de parálisis en sus articulaciones; y ya que su mujer no podía ayudarlo con ningún remedio humano, apesadumbrada reflexionó consigo misma y recordó la curación de sus ojos tan repentinamente lograda por intercesión del Santo, y así, confiada de todo corazón en el Señor y en la clemencia del Santo recordada con agradecimiento, midió los miembros del cuerpo de su marido con una mecha y los recubrió con la cera necesaria. Así, que una tarde, tres días después de la festividad de San Bernabé Apóstol, ordenó que llevasen ante el sepulcro del Santo a su marido, montado a lomos de una bestia con la ayuda de seis hombres, que lo sujetaban rodeándolo a uno y otro lado. Allí, tanto la mujer como los que le acompañaban velaron inquietos toda la noche con los cirios encendidos. Pero ella, que destacaba sobre todos los demás por su mayor fe y fervor, rogó al Señor pasar aquella noche sin dormir con el fin de que, por la clemencia de Dios y del Santo, pudiese regocijarse con la visión del milagro. Y como lo imploró con devota fe, mereció alcanzar su deseo. En efecto, a media noche vio que su marido doblaba sus manos y brazos y se movía con vitalidad como si hubiera recobrado la salud, y que se levantaba al punto para arrodillarse ante el sepulcro y que, abrazándolo, besaba las reliquias del Santo con gran devoción. Al ver esto su mujer, maravillándose de que el milagro de Dios hubiese ocurrido tan rápidamente, rebosante de alegría, quiso despertar a los que dormían. Pero su marido, aunque ella le insistía, le prohibió contárselo a nadie antes del amanecer. Y llegada esa hora, al verlo todos erguido y caminando con decisión, por su propio pie, fueron auténticos testigos de la realización del milagro. Y así, después de celebrar los oficios divinos de maitines y misas, tanto él como su esposa y amigos, maravillados y llenos de alegría, alabaron el nombre del Señor en su siervo y volvieron a sus casas. Mas los que lo habían visto el día anterior ser traslado a lomos del animal y regresar al día siguiente con la salud recobrada, se admiraron de que la grandeza de Dios se mostrase en las desgracias por mediación del Santo, y ensalzaron la fama de su santidad en Cristo Nuestro Señor.

13. Bajo el reinado del Rey Don Alfonso, de gran renombre, en el año 1266, sucedió otro milagro que, por acomodarse a la honra divina, no ha merecido ser silenciado. En efecto, un virtuoso sacerdote del Cabildo de Madrid, llamado Domingo Domínguez, por una comida de anguilas que le sentó mal, cayó enfermo de los ojos. Pero ya que, a la sazón, se ocupaba en preparar para una fecha determinada un convite colectivo para la hermandad de una cofradía de clérigos seglares y de franciscanos, por la enfermedad de los ojos no pudo cumplir el encargo y, a ruego suyo, le sustituyeron otros. Y llegando el día del convite, se preocupó de personarse ante los clérigos cofrades, para que no lo tacharan de descortés; al llegar casi junto a ellos detrás de uno que le servía de guía, los encontró delante de la entrada de la iglesia de San Andrés, y él, después de presentar excusas justificadas por su indisposición, dejándolos allí, entró a la iglesia a rezar, y acercándose al sepulcro del Santo para suplicar remedio a su enfermedad, pasó su rostro sobre la piedra del sepulcro donde descansa el cuerpo incorrupto del Santo; y, como el mencionado clérigo nos contó, sintió repentinamente un alivio tan dulce desde la cabeza hasta los pies, que constató que había sido socorrido por la generosidad de Dios. y, aniñado, se levantó y abriendo una cajita de madera y tomando un trozo de lienzo que había sido cortado de la mortaja del Santo, lo restregó cuidadosamente en sus ojos. Plenamente iluminado por la gracia divina, quedó curado y, lleno de gozo por haber visto el milagro, corrió al encuentro de los cofrades que ya se habían recogido, para anunciarles el labor divino. Los encontró reunidos en el convento de los hermanos franciscanos a punto de sentarse a la mesa, y al verlo acercarse con resolución adonde ellos estaban, se alegraron sobremanera al comprobar que él volvía sano de la vista. Mientras comían alegres, les relató con todo tipo de detalles el milagro divino. Y entonces, muy de corazón, dieron infinitas gracias y alabanzas al Celestial Rey de la gloria, que por medio de su digno siervo no desdeña dispensar in se mericordiosa mente a sus súbditos necesitados espléndidos milagros de curaciones.

14. Al año siguiente de la fecha citada en el capítulo anterior, es decir, en 1267, en la Iglesia de San Andrés donde se guarda con la debida veneración el cuerpo de San Isidro, acaeció un prodigio que debe ser narrado con detalle. En efecto, a un sacristán de la citada iglesia, llamado Blas, una noche de invierno, mientras estaba profundamente dormido, se le apareció en sueños un niño muy negro y de aspecto horrible, y, cogiéndole el índice de la mano derecha, lo apretó tanto que le produjo un dolor muy intenso. Pero entonces, por la divina misericordia, vio que desde la parte del sepulcro del Santo se le acercaba un hombre con hábito de monje y que pasaba con la cabeza inclinada ante el altar de San Andrés. Y acercándose a él, se detuvo mirando fijamente hacia aquella aparición. Cuando el malvado niño se percató de que le miraba así, atemorizado soltó el dedo del sacristán y, encogiéndose como un niño medroso, retrocedió huyendo rápidamente hasta el fondo de la iglesia; y desapareciendo de allí, no se le vio en ninguna parte. Despertando entonces el sacristán, se enderezó en el lecho, tembloroso y admirado estupefacto de lo que le había ocurrido. Finalmente reconoció el favor divino obrado en él, y de todo corazón dio gracias a Dios que, con paternal indulgencia y por mediación de su santo siervo, se dignó libarlo del demonio tentado y de un peligro inminente.

15. El en año 1269 un soldado de don Federico, natural de Guadalajara, llamado Domingo Pérez, padeció Lina inflamación de garganta que no podía curarse con ningún medicamento. Y como por orden de don Federico se viese forzado a emprender viaje, al pasar por Madrid oyó hablar de las virtudes del sudario del Santo, por cuyo contacto habían sido curados muchos de las anginas. Al saber esto, se alegró y con una fe plena se encaminó presto a visitar el sepulcro de San Isidro donde pidió el sudario. Y después de a verlo aplicado sobre su garganta inflamada, en un abrir y cerrar de ojos, por decirlo así, se sintió libre de la inflamación. Dando gracias a la bondad divina, prometió que, donde quiera que estuviese, pregonaría ante todo el mundo la santidad del siervo de Dios. Y esto, tal y como él en persona nos lo contó, hemos procurado consignarlo por escrito en la presente cédula.

16. En el año 1270, un buen hombre llamado Juan Domínguez, afincado en la ciudad de Córdoba, como en una incursión militar él y otros cristianos hubiesen ido a la frontera a luchar contra los moros, por culpa de sus pecados fueron cercados y vencidos por el arrojo de los infieles, y, apresados, fueron reducidos a cruel cautividad. Pero Juan Domínguez, a causa de los atroces castigos que soportaba, a todas horas rogaba de corazón al Señor que, apiadándose de él, le liberase de los enemigos por intercesión de un santo suyo. Y el Señor, habiéndolo mirado con gran misericordia, le envió una noche a San Isidro, el que está enterrado en Madrid, quien le habló del siguiente modo: "Da gracias a Dios, que, al escucharte, se ha apiadado de ti. Él me ha enviado para librarte de los enemigos". Y al instante lo desató de las cadenas y lo condujo hasta un lugar desde donde pudo huir con más seguridad. Y así, viéndose libre por obra del siervo de Dios, alegre, volvió a su casa. Por este milagro hizo promesa de visitar el sepulcro del Santo y llevarle ofrendas, pero no cumplió el voto que le había hecho al Santo por la oposición de su familia, que incluso no creía lo que le había sucedido. No mucho tiempo después, cayó de nuevo prisionero y, reconociendo con pesar su culpa, entre lloros y lamentaciones pidió insistentemente a Dios que, por su gran misericordia, le librase por segunda vez de los enemigos por mediación de su Santo. Como antes había hecho tan benévolamente la divina clemencia satisfizo al instante su deseo de modo prodigioso; y él, liberado tan milagrosamente, volvió a su casa y contó a sus parientes y amigos y a otros muchos el milagro que le había sucedido, e incluso se explayó, además, lo que es admirable de ser contado, en la descripción de la fisonomía y de la estatura del Santo, al que nunca había visto ni del que nada había oído hablar. Luego, resueltamente preparó lo necesario y se puso en camino llevando velas y ofrendas, y lleno de entusiasmo llegó a Madrid para cumplir su gran deseo de visitar el sepulcro del Santo, donde cumplió con fervor su promesa ofreciéndole las velas y los presentes. Después de oír misa y de dar infinitas gracias a Dios y a su siervo, alegre y sin daño regresó a su casa. Tal y como ese hombre nos contó lo sucedido, así, para conocimiento de muchos, lo hemos juzgado digno de ser registrado.

17. En el año 1271, una humilde mujer, por nombre María, de la alquería llamada Leganés, que se encuentra en el término de Madrid, llevaba-  diez años unida con su marido en legítimo matrimonio y se lamentaba de no haber tenido descendencia. Movida por la fama del Santo, que, según sus noticias, había socorrido a muchos en múltiples necesidades, llena de unción no a la unida del Santo, donde haciendo  pidió con fe a la Divina Providencia que. por intercesión de su fiel siervo, se apiadase de ella y le concediese descendencia. Y en ese mismo año, por la divina bondad, alcanzó lo que esperanzadamente había pedido. Poco tiempo después de tener un hijo. volvió a presentarse ante el Santo para dar, de todo corazón, a Dios y a SU siervo infinitas gracias y luminarias .

18. En el año 1271, bajo el reinado del muy preclaro Rey Don Alfonso, por la intervención de la gracia divina y para renovar el recuerdo del Santo, tres días antes de la JESÚS dad de Todos los Santos, tuvo lugar un milagro que alcanzó grande. En muchacho llamado Domingo, que ya no era un niño, al mediodía de Un viernes, de repente se quedó ciego. Y como él confesara con voz medrosa a su tutor y familiares que no veía nada, ellos le reprendían que, por tener los ojos m muy claros, fingía no ver. Pero un compañero suyo aportaba pruebas de su ceguera, afirmando que, al salir los dos fuera de la Villa para solucionar un encargo del tutor, Domingo, se hubiera precipitado al foso de la muralla si él mismo no lo hubiese sujetado con sus manos y que, sin ver nada, había vuelto a su casa sirviéndole él de lazarillo. Sin embargo, puesto que parecía que tenía los ojos claros y sanos, no creían en modo alguno que carecía de vista. Y ante las lamentaciones M muchacho por el peligro que corría con su ceguera, después de someterlo a muchas pruebas para comprobar si veía, descubrieron que ciertamente él no veía nada en absoluto. Entonces sus conocidos y familiares, en particular su madre y hermana, heridos por el dardo del dolor a causa de tan inesperada desgracia, en medio de lágrimas y lamentos estaban pasmados sin saber qué hacer. Pero, según se recoge en la Sagrada Escritura "Donde quiere, alienta el espíritu de Dios", se dice que Domingo, ante el peligro inminente, se expresó así: "Llevadme, por Dios, ante San Isidro para que me cure". Los presentes, al oír estas palabras, las interpretaron como venidas por inspiración divina y, tomándolo de la mano, lo llevaron al instante ante el sepulcro del Santo y allí, de rodillas, con doloroso llanto, imploraron su ayuda, pidieron que se restregasen los ojos ciegos del muchacho con el sudario del Santo que se guarda en un cofre, cuyo contacto solía ser considerado remedio de las dolencias de los ojos. Hecho esto, poco después el muchacho se restregó, por decirlo así, sus propios ojos con las manos y proclamó resueltamente: "Gracias a Dios ya San Isidro, ciertamente ya veo, contemplo y reconozco a los que están a mi alrededor". Ante tales palabras, todos los presentes se admiraron y le preguntaron cómo estaba hecho o de qué color le parecía a él el cobertor que colgaba del sepulcro del Santo. Al punto respondió Domingo: "es recamado, tirando a rojizo y con rayas de distintos colores". Pero ellos, a pesar de esto, todavía estaban dudosos y, tras someterlo a distintas pruebas para cerciorarse de que veía del todo, admitieron que él había recobrado totalmente la visión originaria. Luego, todos, dando gracias a Dios y al Santo y encomendando al muchacho a San Isidro, reconfortados con el gozo de una confianza correspondida, volvieron a su casa. La noticia de este milagro llego a oídos de muchos, y tanto el clero como el pueblo, al conocer el milagro obrado en el muchacho, ofrecieron alabanzas con piadosos dones gratos a Dios, que con su admirable Providencia glorifica sin cesar a sus Santos en todos los años y en sus estaciones.

 

TRADICIÓN:

Nace Isidro en Madrid en torno a los años 1080 o 1082, hijo de labradores sencillos y humildes y cristianos viejos. Se desconoce la primera profesión de Isidro fue la de pocero, el nombre de sus padres no se sabe pero se afirma ser de la familia de los Quintana o Merlo, ambos mozarabes de León. Pudo recibir el bautismo en  cualquiera de las parroquias  la villa le pusieron el nombre  del santo arzobispo de León, San Isidoro, bien por el 4 de abril, festividad o por ser éste un nombre de muy común entre ellos, la infancia la pasó en la villa en testigo de la conquista cristiana y Musulmanes y donde fue educado según costumbres cristianas, practicando el perdón, y en las letras, aprendiendo a escribir en Santa María de la que era iglesia de canónigos de San Benito y que había sido restituida por Alfonso VI, allí iba a rezar a la virgen de la flor de lis aun se conserva. Al alcanzar la juventud siendo muy joven se fue a servir con una noble señora  llamada doña Nufla que vivía en lo que hoy son los muros de la plaza Mayor. Allí realizó su primer pozo para abastecer la casa de dicha señora. Otros pozos abrió Isidro a lo largo del camino que entonces unía la villa con Toledo, actual calle de Toledo, entre ellos el que un caballero de la familia de los Veras encargó al santo para hacer en su casa junto a una bodega, los cuales aún se conservan en la actual colegiata de San Isidro debajo de la capilla de la Real Congregación de San Isidro de Naturales de Madrid. Junto a la colegiata existe otro pozo en el patio del antiguo colegio imperial de los jesuitas, actual instituto de San Isidro. Todos estos pozos se han distinguido por sus propiedades milagrosas y curativas. Los Veras fueron los primeros amos de Isidro y con ellos permaneció algún tiempo como trabajador labrando sus tierras de Madrid.

En el año 1108 el rey almorávide decide invadir el territorio de Toledo y con él Madrid, por lo que el santo labrador junto a otros muchos tuvo que abandonar la villa y refugiarse en las intrincadas tierras de la sierra norte madrileña, Buitrago del Lozoya y sus alrededores como Garganta de los Montes para pasar luego a la vega del Jarama en los actuales términos de Uceda (Guadalajara) y Torrelaguna (Madrid), en la alquería de Caraquiz donde tenía algunos parientes,

Aquí se puso al servicio de un labrador para trabajar sus tierras y conoció a la que sería su esposa, María Toribia, llamada después Santa María de la Cabeza, hija le cristianos mozárabes, sencillos y dedicados también a la labranza. Se celebro el matrimonio en el lugar y allí tomaron a renta una hacienda, dedicándose Isidro a las faenas agrarias y María a cuidar y asear a modo de santera la cercana ermita de Nuestra Señora de la Piedad a la que acudía diariamente desde Caraquiz atravesando las aguas del Jarama con la alcuza de aceite en una mano y el hacha de lumbre encendida en la otra para proveer la lámpara de la Virgen.

Durante su estancia en Caraquiz obró Isidro varios milagros siendo admirado y querido por todos sus vecinos. De Caraquiz pasó con su esposa a vivir a la vecina villa de Talamanca para administrar la hacienda del caballero madrileño Juan de Vargas. En este lugar el matrimonio llevó una vida ejemplar. Pero quiso el demonio a través de los rumores de sus convecinos inducir a Isidro a sospecha de que su mujer de camino a la ermita de la Virgen, que aún estando en Talamanca seguía visitando, se entendía con los pastores de la vega del Jarama. Por ello un día decidió en secreto vigilar a la esposa y escondiéndose tras unos matorrales observó como María regresaba de su acostumbrado recorrido por el otro lado del río, pero al llegar a la orilla levantando la cabeza hacia el cielo y haciendo la señal de la cruz pasó las crecidas aguas de una orilla a otra a pie enjuto sobre su mantellina como si andara por tierra firme. Visto lo cual Isidro entendió que todo habían sido calumnias por lo que volvió a confiar en la santidad e inocencia de su esposa.

Desde las tierras del Jarama Isidro y su esposa pasaron a Madrid para trabajar la hacienda que Juan de Vargas tenía junto a la ribera del Manzanares. Este caballero tenía varias posesiones en la villa entre ellas varias casas, unas situadas en la parroquia de San Andrés \ otras junto a la parroquia de San Justo, al otro lado de la calle de Segovia. En estas casas vivió San Isidro largas temporadas, \ yendo a trabajar de la villa al campo no sin antes visitar muy de mañana las iglesias de Madrid para hacer oración.

 Muy en especial Santa María de quien era gran devoto y la virgen de Atocha a la que profesaba gran veneración acudiendo a menudo a su santuario. Por este motivo algunos labradores viendo que llegaba al trabajo más tarde que los demás informaron al dueño desfavorablemente. El amo dispuesto a comprobarlo al amanecer, siguió al santo hasta SU labranza y escondido se percató de la veracidad de estas acusaciones. Cuando fue al santo se disponía a reprimir su actitud observó desde lejos como junto a el araban la tierra dos jóvenes vestidos De blanco cada uno con su yunta. Estupefacto desvió la mirada y al volver a mirar de nuevo no vio sino a Isidro arando. Acercándose comprobó la labor y que estaba muy adelantada y que  había sido hecho por manos de santo, en oración ante la Virgen de a Almudena por lo que juzgó ser ángeles lo que había visto y desde aquel día tuvo a Isidro por santo.

            EL MILAGRO DE LA OLLA

Del mismo modo, éste en la medida en que había asumido la máxima del justo varón Tobías, que aconsejaba a su hijo: "Si llegas a tener mucho, repártelo con generosidad, si, por el contrario, poco, afánate en repartirlo con agrado", en efecto, abundando siempre la misericordia en su corazón, nunca desistía de la limosna en la medida de sus posibilidades. Por lo cual sucedió que un cierto día de sábado, como ya en su justa medida hiciese a algunos pobres una piadosa limosna de las viandas de su cocina, de repente llegó inesperadamente cierta persona miserable pidiendo a éste que le diese alguna limosna. Sin embargo, como no tenía nada a mano para darle, llevado por su excesiva compasión, dijo a su esposa ingenuamente: 'Te ruego, por Dios, queridísima esposa, que si sobra alguna ración de comida, se la des como limosna al pobre. Pero la misma, sabiendo que no había quedado ningún resto, prosiguió para mostrar a éste que la olla de la cocina estaba vacía; sin embargo, puesto que el piadosísima designio de Dios quería satisfacer el deseo de su devoto siervo, la mujer encontró la olla llena de comida. Y al ver de repente tal prodigio, estupefacta enmudeció momentáneamente, pero llena de regocijo por tan evidente milagro y convencida del favor divino, dio de comer al pobre con gusto y abundantemente. Pero no se atrevió a comunicar a su marido lo ocurrido, pues sabía que él desdeñaba la vanagloria, puesto que los que arden en el amor de Dios no deben callar en los asuntos referentes a Él, no quiso, puesto que no debía, ocultarlo a los demás.

Son varios los milagros que Isidro realiza en Madrid, donde se dedicaba a la oración y el trabajo. Pasaremos por alto los mencionados en códice  que ya conocemos para centrarnos en otros muchos que sabemos por algunas personas y testigos.

El matrimonio tuvo un hijo al que pusieron por Juan, luego llamado Illán, por afecto al amo Juan de Vargas que fue su padrino. Estando María arrimada al brocal de un pozo que había en la casa donde vivían, cercana a la parroquia de San Andrés, se le cayó el niño que tenía en los brazos sin que lo pudiera evitarlo. Advertido Isidro por su esposa con tranquilidad y confiando en la misericordia divina pidió que se arrodillasen y rogasen a Dios y a la Virgen que salvase a su hijo. En este instante as aguas comenzaron a subir desde las profundidades del pozo hasta el mismo brocal y sobre ellas el pequeño Illán, feliz y sonriente como si nada hubiese sucedido.

Otro de los principales y notables milagros obrados por el santo fue el de la fuente. Estando Isidro labrando las tierras de Juan de Vargas al otro lado del Manzanares un día de verano llegó el amo sofocado por el intenso calor y pidió al santo de beber. Éste le señaló una fuente cercana que allí había pero el caballero dirigiéndose hasta el lugar no encontró nada. Volviendo de nuevo le recriminó por no haber hallado el agua

Una de las funciones de la cofradía era la confraternización anual de los miembros a través de una comida o banquete. Era frecuente que los pobres, como se señala en el relato, esperasen a la puerta de la cofradía a recibir la acostumbrada limosna de alimentos que formaba parte del evento, en el sentido que, como hemos señalado, la limosna reconsideraba como un sufragio para el alma.

Los milagros del santo se siguieron sucediendo en Madrid. Tenía Juan de Vargas única hija única llamada doña María, la cual cayó enferma y murió poco después ante la desesperación de sus padres y del propio Isidro. Se acercó entonces el santo a su cadáver \, levantando los ojos al cielo hizo oración a Dios y después dirigiéndose a la difunta exclamó: !Señora María!, a lo cual ésta levantando al instante la cabeza dijo: ¿Qué quieres Isidro?, ante la admiración y la sorpresa de todos los presentes, de modo que la que antes estaba enferma  apareció sana y viva gracias al santo labrador que la resucitó con sus oraciones.

otro milagro no menos portentoso fue el que Isidro realizó con el caballo de Julián  Vargas el cual repentinamente cayó muerto en un arenal al intentar el amo atravesar el río Manzanares para dirigirse a la heredad que trabajaba el santo. Pasó como pudo el río y dirigiéndose a Isidro le comentó lo sucedido. Éste, apiadándose del amo, pues conocía el cariño que tenía por su caballo, se dirigió en su compañía a donde estaba el caballo muerto, le dio una palmada y exclamó: ¡En el nombre de Dios, levántate!, resucitando el animal en ese mismo momento tan brioso y lozano como antes, por lo que el amo dio gracias a Dios por tener un criado tan diligente y santo.

En este tiempo acordaron ambos esposos separarse por llevar tina vida más casta, hasta que le llega la muerte al santo y sepultado en una simple fosa de tierra de un sólo cuerpo posiblemente envuelto en un sencillo sudario de lana o lino, según la costumbre de la época, y sin ataúd. No debió haber epitafio ni ninguna otra señal sobre la tumba, pues tampoco era usual entre las personas del pueblo.  

El cementerio, un espacio de terreno, a veces sin acotar, delante de la entrada a la iglesia. Cada parroquia tenía el suyo, aunque también se enterraba dentro del templo, costumbre que permaneció hasta que Carlos III, por razones de salubridad pública prohibió los cementerios parroquiales trasladándose éstos fuera de la ciudad. La nota de Gil de Zamora sobre que en tiempo de lluvias corría un arroyuelo por encima de la sepultura está en consonancia con la ubicación de este cementerio de San Andrés, aproximadamente en la actual Costanilla del mismo nombre en su bajada hacia la Plaza de la Paja, una zona en descenso que en época de lluvias propicia frecuentes escorrentías.

POZO DE SAN ISIDRO

Sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar a su hijo a la escuela. Pero en casa le enseñaron a tener temor a ofender a Dios y gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración y por la Santa Misa y la Comunión.
Huérfano y solo en el mundo cuando llegó a la edad de diez años Isidro se empleó como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas un dueño de una finca, cerca de Madrid. Allí pasó muchos años de su existencia labrando las tierras, cultivando y cosechando.
Se casó con una sencilla campesina que también llegó a ser santa y ahora se llama Santa María de la Cabeza (no porque ese fuera su apellido, sino porque su cabeza es sacada en procesión en rogativas, cuando pasan muchos meses sin llover).
Isidro se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Varios de sus compañeros muy envidiosos lo acusaron ante el patrón por "ausentismo" y abandono del trabajo. El señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros (en aquel tiempo se trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde) pero que mientras Isidro oía misa, un personaje invisible (quizá un ángel) le guaba sus bueyes y estos araban juiciosamente como si el propio campesino los estuviera dirigiendo.
Los mahometanos se apoderaron de Madrid y de sus alrededores y los buenos católicos tuvieron que salir huyendo. Isidro fue uno de los inmigrantes y sufrió por un buen tiempo lo que es irse a vivir donde nadie lo conoce a uno y donde es muy difícil conseguir empleo y confianza de las gentes. Pero sabía aquello que Dios ha prometido varias veces en la Biblia: "Yo nunca te abandonaré", y confió en Dios y fue ayudado por Dios.
Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo distribuía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (él, su esposa y su hijito). Y hasta para las avecillas tenía sus apartados. En pleno invierno cuando el suelo se cubría de nieve, Isidro esparcía granos de trigo por el camino para que las avecillas tuvieran con que alimentarse. Un día lo invitaron a un gran almuerzo. El se llevó a varios mendigos a que almorzaran también. El invitador le dijo disgustado que solamente le podía dar almuerzo a él y no para los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.
Los domingos los distribuía así: un buen rato en el templo rezando, asistiendo a misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato visitando pobres y enfermos y por la tarde saliendo a pasear por los campos con su esposa y su hijito. Pero un día mientras ellos corrían por el campo, dejaron al niñito junto a un profundo pozo de sacar agua y en un movimiento brusco del chiquitín, la canasta donde estaba dio vuelta y cayó dentro del hoyo. Alcanzaron a ver esto los dos esposos y corrieron junto al pozo, pero este era muy profundo y no había cómo rescatar al hijo. Entonces se arrodillaron a rezar con toda fe y las aguas de aquel aljibe fueron subiendo y apareció la canasta con el niño y a este no le había sucedido ningún mal. No se cansaron nunca de dar gracias a Dios por tan admirable prodigio.
Volvió después a Madrid y se alquiló como obrero en una finca, pero los otros peones, llenos de envidia lo acusaron ante el dueño de que trabajaba menos que los demás por dedicarse a rezar y a ir al templo. El dueño le puso entonces como tarea a cada obrero cultivar una parcela de tierra. Y la de Isidro produjo el doble que las de los demás, porque Nuestro Señor le recompensaba su piedad y su generosidad.
En el año 1130 sintiendo que se iba a morir hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. A los 43 años de haber sido sepultado en 1163 sacaron del sepulcro su cadáver y estaba incorrupto, como si estuviera recién muerto. Las gentes consideraron esto como un milagro. Poco después el rey Felipe III se hallaba bravísimamente enfermo y los médicos dijeron que se moriría de aquella enfermedad. Entonces sacaron los restos de San Isidro del templo a donde los habían llevado cuando los trasladaron del cementerio. Y tan pronto como los restos salieron del templo, al rey se le fue la fiebre y al llegar junto a él los restos del santo se le fue por completo la enfermedad. A causa de esto el rey antecedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Alonso Cano fue pintor, arquitecto y escultor. Por su gran versatilidad se le llamó el Miguel Ángel español. Se formó primero con su padre, Miguel Cano, y después en el taller de Pacheco, en donde también estaba Diego Velázquez. A partir de 1629 su actividad fue sobre todo escultórica, con la que tuvo un gran reconocimiento; de hecho, su labor como escultor, aunque escasa en número, es la más importante. Dentro de su obra pictórica vemos que desarrolla un estilo renacentista junto a un vivo colorido de influencia veneciana. En Madrid, junto a Velázquez tenía un taller en el que restauraba las pinturas de las colecciones reales. Sus temas fundamentales fueron religiosos, como San Francisco de Borja (1624) del Museo de Arte de Sevilla o el San Juan Evangelista (1635) de la Colección Wallace en Londres. Apenas pintó temas profanos. Su vida fue muy tormentosa, en contraste con la dulzura de sus pinturas. Casado con una adolescente casi niña, parece ser que le causaba malos tratos. La muerte de ésta hizo que se le acusara de parricidio, aunque no se demostró.
En la plaza de San Andrés, esquina a la costanilla de San Pedro (Metro Latina) se sitúa la Casa de San Isidro, donde construyeron los Vargas su casa-palacio. En esta casa vivió San Isidro. Allí se produjo el milagro del Pozo, el cual aún se conserva. Tiene una profundidad de 27 metros más tres de agua. En la reciente excavación se han encontrado materiales en su fondo fechables en el siglo XIII, algunos de tradición musulmana. En el solar que ocupa esta casa murió San Isidro, y en ella se construyó una capilla.

 

APARECE EN SANTA MARÍA LA ANTIGUA UN DEPÓSITO QUE PUDO HABER USADO SAN ISIDRO.
El MUNDO - 22 Septiembre 99 - Texto de R.J. ALVAREZ

Cuenta la primera biografía de San Isidro que el santo entró un día en la ermita de la entonces llamada iglesia de Santa María Magdalena para rezar, y protagonizó un milagro. Unos niños le advirtieron de que a las afueras de la ermita un lobo estaba merodeando con intención de matar a su burro. San Isidro les contestó: "Id en paz, hágase la voluntad de Dios". Concluída la oración, el santo salió de la iglesia para ver lo ocurrido. Encontró muerto al lobo e ileso al burro. San Isidro regresó al interior a dar gracias a Dios, que "por su misericordia salva a los hombre y a los jumentos".

El presunto milagro que revela las preferencias divinas por los burros en detrimento de los lobos, alimenta una duda en torno a un objeto hallado dentro de la iglesia que hoy se conoce con el nombre de Santa María la Antigua.

Bajo la escalera que conduce al coro, y oculto por numerosos tabiques que ocupan el sotocoro, existe un pozo. La tradición dice que San Isidro Labrador abrevaba allí los bueyes de su arado.

La ermita podía haber sido construida en relación a este pozo y a los milagros del santo. Sin embargo, San Isidro acudía a orar a este lugar en el siglo XII y los técnicos que tratan el asunto datan la ermita uno más adelante.

En esta iglesia, los arqueólogos han encontrado restos de cerámicas del siglo I. Las investigaciones arrojan que el lugar donde está enclavada la minúscula iglesia formó parte de una villa romana. En aquel tiempo, no era un templo. Probablemente, se tratara de una pequeña construcción destinada a los trabajadores que explotaban la villa.

Bastantes siglo después, los mudéjares levantaron la ermita, que se conserva íntegra, aunque en muy mal estado. Arqueólogos y arquitectos contratados por la Comunidad de Madrid llevan trabajando en su investigación y restauración cuatro meses.


PIE DE FOTO: Imagen del pozo,
presuntamente utilizado por San Isidro.

Los historiadores quieren saber si el pozo que está en una de las esquinas de la iglesia es uno de los que usó San Isidro.

Los materiales utilizados en la construcción muestran la modestia del edificio. El enclave de la iglesia y los textos históricos que hacen referencia a sus visitantes dan protagonismo a lo rural, aunque hoy esté en pleno Carabanchel.

San Isidro era un trabajador del campo, por lo que la teoría de que frecuentara Santa María la Antigua no parece descabellada.

El santo murió en 1172 y los técnicos datan la aparición de la ermita algunos años después, ya en el siglo XIII. Aun así, la fecha no es oficial. Además, cabría la posibilidad de que, aun siendo posterior a San Isidro, la ermita fuera construida respetando la existencia del pozo.

Antes de dedicarse a la labranza, el patrón de Madrid fue pocero. De hecho, se le atribuye la creación de varios pozos y el hallazgo de numerosos acuíferos.

Detrás de la iglesia de San Andrés, en la casa de Iván de Vargas - al que sirvió -, en la calle Toledo y en plena Plaza Mayor se encontraron cuatro pozos de los construidos por el santo, aunque sólo se conservan los dos primeros.

A la espera de que los investigadores encuentren a su dueño, en un rincón de una ermita de Carabanchel ve pasar los siglos un pozo con mucho fondo.

Actualmente se conserva en un arquita en Carabanchel Bajo un trozo de tela que se dice fue del mantel de la cofradia donde fue invitado san Isidro a comer y realizó el milagro de los pobres aunque no es seguro podia tener otro uso o ser mas reciente.La tradición popular asegura que Isidro fue fundador y cofrade de varias cofradías madrileñas, a saber, la del Santísimo Sacra mento de San Andrés y la del apóstol Santiago de Carabanchel. La primera pudo muy bien surgir a comienzos del siglo xii cuando Madrid comenzaba a crear su red de parroquias al compás de la formación de las primeras collaciones como la de San Andrés, de mayoría mozárabe`. La segunda pudo tener su origen o en la presencia de
la Orden Militar de Santiago en territorio de Carabanchel, o bien como advocación ligada a la tradición mozárabe. En este sentido debe recordarse que Santiago fue la enseña de la "Reconquista" ya que según las cróni-cas mozárabes del siglo x el apóstol se apareció en la batalla de Clavijo montado en un caballo blanco para luchar contra los musulmanes. De ahí que la iconografía del Santiago matamoros fuese la más utilizada y difundida por el clero. Esta tradición a la
vez religiosa y cultural es la que pudo originar dicha advocación entre la población mozárabe de Carabanchel.

El milagro que aquí nos ocupa parece estar relacionado con la cofradía de Santiago al citarse la cercana iglesia de Santa
María Magdalena donde después del banquete el santo fue a dar gracias a Dios. Independientemente de la cofradía que fuese debemos señalar que los hechos que Gil de Zamora nos relata en este milagro coinciden perfectamente con lo que sabemos sobre las cofradías y hermandades del Reino de Toledo en el siglo xii.

En primer lugar señalar que cada parroquia o iglesia tenía su respectiva cofradía donde clérigos y seglares se asociaban con unos fines muy concretos: Funciones litúrgicas y de previsión social realizadas a través del ritual y la limosna respectivamente.

Comentaremos la segunda de las funciones que es la que aparece más explícita
en el relato. El carácter benéfico-asistencial de estas cofradías se resumía en asistir a los más necesitados, pobres, indigentes, cautivos, etc., así como a los propios miembros cofrades en servicios de ayuda y socorro en situaciones de enfermedad, accidente laboral, viudedad u orfandad, entre otros". Es decir, las cofradías cumplían en su tiempo algunas de las funciones de nuestra moderna Seguridad Social. Sin embargo a estos servicios asistenciales se añadía uno muy importante, el funerario. A falta de nuestras actuales empresas de servicios fúnebres cada cofradía se encargaba de enterrar a sus
muertos con todo el ceremonial necesario.

TRADICIÓN POPULAR

Muere Isidro pobre y humilde como había vivido en la casa de Juan de Vargas de edad muy avanzada, en torno a los 90 años, un viernes, 30 de noviembre del año 1172, festividad de San Andrés apóstol. Es enterrado en el cementerio de la iglesia de San Andrés que se encontraba a los pies del templo, el cual fue luego incorporado al interior tras la ampliación de la iglesia. A este sepulcro acudían los fieles en busca de tierra para curar sus enfermedades.su esposa marchó de nuevo a Caraquiz después de despedirse de su hijo adoctrinarle en la verdades de la fe cristiana. Allí dedicó su vida al servicio de Dios en la misma ermita d a la que tantas veces durante su vida había ido. Cuidaba de la imagen de la Virgen, limpiaba la ermita. Su fe remanifestaba en el servicio a los pobres, viviendo de la limosnas que pedía por aquellos ejerciendo no sólo la caridad sino penitencias y mortificaciones, cono dormir poco y ayunar rigurosamente. se manifestaron en ella locuciones con la Virgen, éxtasis. Murió en Caraquiz alrededor de los 80 años un 8 de septiembre de 1180, Día Natividad de Nuestra Señora. Fue enterrada en la sacristía de la misma ,allí permaneció durante cuatrocientos anos hasta que sus restos fueron encontrados. A poco de su muerte fue tenida y venerada por el pueblo como Santa, añadiéndose a su nombre el de la Cabeza por estar expuesta a la pública veneración la reliquia de su cráneo sobre el altar mayor de dicha ermita.

A continuación algunos milagros mas

Un hombre, llamado Bartolomé, estuvo ciego durante siete semanas y, tras pedir el favor del Santo, recobró su buena salud anterior.

Otro varón, llamado Nuño, estuvo largo tiempo ciego a causa de una grave dolencia de los ojos, y ante el sepulcro de San Isidro acabó por sanar.

 A un hombre, llamado Pedro, mientras estaba acostado y profundamente dormido, se le apareció el demonio con aspecto horrible y desmañado y, cogiéndolo intento matarlo pero oro al santo y se curó.como había hecho a menudo, se le apareció el Santo que ahuyentó a los demonios y obtuvo del Señor tiempo para que se confesase.

 Un hombre, llamado Pedro Ordó, padecía una gravísima dolencia y, puesto que había perdido toda esperanza en los médicos, volcó su atención en conseguir la ayuda del Santo. Él, infatigable protector de los desdichados, no dejó de escuchar sus ruegos. En efecto, el ojo que tenía casi perdido, milagrosamente lo volvió a su sitio, le hizo recobrar su vitalidad y lo iluminó con los rayos de la luz anhelada.

 Otro hombre, Garcés Pérez, f tic a la iglesia del bienaventurado Isidro a velar una noche; por haberse dormido, se apagaron las velas. Pero al momento se despertó y fue a buscar luz fuera de la iglesia, y al volver encontró encendida, por voluntad divina, la lámpara que estaba ante el sepulcro de San Isidro.

 Un hombre, Jimeno Pérez, se había quedado casi ciego y lo llevaron a la iglesia de San Isidro y, por los merecimientos del Santo, recobró la visión deseada.

Otro hombre, llamado Juan Pérez, fue presa de un enorme pánico, de manera que no podía descansar ni de noche ni de día. Entonces prometió velar tres noches ante el sepulcro de San Isidro y demando humildemente la ayuda del Santo que, se había oído, era eficaz para ahuyentar los poderes maléficos. Acercándose al sepulcro del Santo, se durmió,y el despertarse, milagrosamente se había liberado de su pánico.

 A una mujer, llamada Sol, por haber estado mucho tiempo ciega, le había crecido en los ojos una carúncula que le había dejado ciega y oro al santo y se curó. .....

* información sacada del libro de san Isidro un trabajador universal

Escudo del santo